Eugeni Forcano
Introducci—n / Introduction
La vida atrapada al vuelo / Life Caught in Mid-Flight
De la realidad al sue–o / From Reality to Dream
Moda / Fashion
Provocar el azar a travˇs de la luz / Provoking Chance Through Light
Vida y obra en perfecta simbiosis / Life and Work in Perfect Simbiosis
Libros / Books
Biograf’a / Biography
En preparaci— / Upcoming
Contactar / Contact
Copyright Eugeni Forcano
 
  Siempre hay un punto de partida, un hecho casual que puede condicionar nuestro camino,.Algo que nos moldea por dentro y que nos prepara como a la tierra para la sementera; un algo accidental que sólo descubriremos pasado mucho tiempo.

En la calle Prat de la Riba, de Canet de Mar, había un fotógrafo llamado Manuel Paratge, uno de aquellos magníficos retratistas de galería. El niño Eugeni Forcano se paraba cada dia ante el escaparate, subyugado por lo que para él era un misterio. Paratge había hecho la foto de boda de sus padres y luego le había retratado a él con su madre. La fascinación por las imágenes era profunda, pero todavía no tiene consciencia de ello. No siente una vocación precoz ni se le ocurre soñar con ser fogtógrafo en el futuro. Su vida es un página en blanco encauzada por el ambiente familiar: buenas costumbres, vida devota, cultura, teatro, poesía, música...

Pero un día, como un juego, se le ocurre fotografiar a sus amigos con una pequeña cámara familiar. Ya ha prendido la chispa. Más tarde, inquieto adolescente, se le ocurre intentar retener toda aquella realidad que le circunda, la atmósfera festiva y sentimental, las procesiones, les caramelles. Ahora le divierete recordar aquellos comienzos rudimentarios de inexperto y se ríe de sí mismo con ganas. "Yo no sabía nada, no entendía nada; sólo tenía ilusión y prisa". Se metía en un improvisado cuarto oscuro" que había montado en una pequeña caseta del jardín y a actuaba en dos tiempos muy diferenciados: revelaba el carrete y lo secaba con alcohol para poder positivar enseguida. Era el momento mágico y parecía tocar el cielo, las imágenes emergían en la cubeta como un milagro y en la euforia apenas prestaba atención al resto del proceso. Ansioso por llevar las fotos al Centro Católico y mostrarlas en un plafón, descuidaba los tiempos del fijador y del lavado. El resultado posterior podemos imaginarlo. "¿Cómo podía ser tan iluso?" Hemos hablado muchas veces de aquello y los dos estamos convencidos que de aquel "desastre" –como él lo llama– nació su permanente autoexigencia, su perfeccionismo, sus exquisitos positivados y su pulcritud.

Pasa el tiempo y la afición aflora con toda su fuerza. En 1949 se hace socio de la Agrupación Fotográfica de Cataluña, que era como la meca del país. Una coincidencia: aquel año Manuel Paratge abandona Canet de Mar y se traslada a Uruguay para establecerse como fotógrafo.

La Agrupación era un hervidero. La exposición del Dr, Otto Stenier "Fotografía subjetiva" recaló allí después de sorprender a Europa. Conoce al Dr. Pla Janini, a Salvador Llluch (fundador de la entidad), a Francisco de P. Ponti y a José M. Casademont, teórico influyente del que se hace amigo. Luego habrá un largo período de ausencia y no regresará hasta 1959.

Con quien siempre mantuvo una buena relación fue con José M. Marca, un socio muy activo y que creó las "Páginas Fotográficas" de El Noticiero Universal, primera incursión seria de la fotografía en la prensa diaria. Xavier Miserachs me contaba que fue él quien le enseñó a positivar en un antigua ampliadora horizontal que había en la Agrupación, y que fue también Marca quien descubrió allí a Joan Fontcuberta, tenía 17 años y él me lo presentó para que le hiciera una entrevista.

Tras ver algunas fotos, Marca anima a Forcano a participar en un concurso a través de la Agrupación, que tiene información y servicios colectivos de envío. Será bueno conocer la opinión de los demás, piensa, y entra en el mundo de la imagen como un vendaval. Destino lo incorpora a su plantilla en 1960 y obtiene premios de honor dentro y fuera de España. Gana el Ibérico de Vigo en 1961 y 1962, siendo miembro del jurado Ricard Terré, y el de Guadalajara en 1962, con Gabriel Cualladó y Paco Gómez en el tribunal calificador. En 1963 se le otorga su primer Ciudad de Barcelona.

Cuando a Eugeni Forcano le preguntan a qué edad se hizo fotógrafo, contesta que a los 34 años, que es cuando tiene plena consciencia del hecho.

Cuando Josep Vergés y Néstor Luján, editor y director respectivamente de Destinio, le encargan las portadas de la revista. Al cristalizar su vocación, todo se hace más firme y más claro. Su falta de experiencia no es un inconveniente sino una ventaja porque aporta una mirada nueva, penetrante, apasionada e irónica. Le dan libertad porque lo valoran y lo respetan. Destino fue para él un acicate, un impulso que lo lanzaba a la aventura. Barcelona será su inicial campo de operaciones.

Pero en esta historia hay elementos superpuestos con los que no contaba. La popularidad que le dan las portadas de la que era la mejor revista de España impacta en los medios publicitarios y le llaman para hacerle encargos. Y se sorprende, pero no duda. Nunca ha hecho una fotografía en color, pero los demás lo ignoran. Y acepta el reto y logrará situarse entre los mejores. Autodidacta integral, obstinado y batallador, se prepara, se documenta, adquiere material apropiado, dedica su pasión y su tiempo –no duerme– a superar obstáculos y pone en alerta toda su capacidad imaginativa. Comienza a trabajar para Roldós, quien, en 1962, le encarga una campaña para Cavas Freixenet. Luego vendrán Dupont de Suiza, Seix Barral, Pulligan, Warner's, Myrurgia... José M. Riba, director de TILSA, empresa de moda de León, le encarga sucesivas campañas, cuyos catálogos aún ahora se ven innovadores. Y también Belcor, Sati, Ficosa Internacional, Laboratorios Dr. Esteve, Catalana de Seguros... En la ilustración y en la moda huye del mimetismo y aporta algo sutil de su raíz de reportero, dando viveza a las escenas e idealizando lo estático, Forma parte del equipo artístico de la revista Don, diferente, creativa y transgresora, que es recibida con expectación hasta en los medios internacionales. Valorando las fotos de Forcano, Gebrauchsgraphik International cita, como referencia comparativa, a Godard y a Fellini (1966).

Su estudio se va llenando de objetos dispares –disparatados, dice él– comprados en els Encants y en los anticuarios y, poco a poco, se convierte en una especie de cueva de las maravillas que asombra a modelos, clientes y amigos. Durante algunos años alterna las portadas con sus nuevos trabajos. Hace dos libros también para Destino: Guía de Barcelona, con Carles Soldevila, y Festa Major con J. M. Espinàs. Y reportajes, dos de los cuales se convertirán más adelante en libros: Josep Pla vist per Eugeni Forcano y Banyoles en dia de mercat, 1966. El trabajo crece como una bola de nieve hasta agobiarle, y renuncia a un nuevo libro sobre Barcelona. El color será su habitual lenguaje. Y amplía su campo de visión. Es otra forma de mirar el paisaje, las cosas, la gente... Viaja siempre con las cámaras, ¿cuántas veces no habrá parado en cualquier sitio, hasta en la carretera, para hacer unas fotos? Captar lo que le seduce es una necesidad. Hay como fugaces deslumbramientos oculares que retiene y asimila. Como un divertimento, pero también como un acto reflejo emocional, juega con las imágenes y las ideas creando un múndo simbólico y surreal. Es como reunir y dominar lo disperso, armonizarlo y engarzarlo para darle sentido, entre el sueño y la realidad, la rebelión y la utopía.

Y un día una firma internacional de joyería, Vila y Cía., al ver la revista Don le ficha y le hace un encargo; algo nuevo, original y diferente. Confía en su talento. Es el gran desafío y otra andadura. La imagen que consigue abre una pequeña rendija al misterio, y decide desentrañarlo. Día tras día, año tras año –robando tiempo al ocio y al sueño– se dedicará a investigar las posibilidades que él cree infinitas de la fotografía en color, provocando el azar a través de la luz. Y lo consigue. Ahí está su obra para demostrarlo. En Aquí Imagen (número 12, 1986) Jorge Rueda escribió: "Te miro con asombro, Eugeni, estás tan vivo que por fin has conseguido fotografiar los suspiros. Es tu suerte, la mía es verlo luego". Qué error de visión de Baudelaire cuando afirma: "La fotografía es como un intruso mecánico en el mundo del arte". Toda su genialidad fue insuficiente para intuir el futuro.

Queda bien claro que Eugeni Forcano no es un fotógrafo de una sola cuerda, de los que eligen un lenguaje y se especializan. Ya desde siempre me admiró su versatilidad y que pusiera tanta pasión en todas las cosas que hacía. Ahora, cuando la edad le permite el descanso, su mente sigue tan activa como su cuerpo y se ha metido de nuevo en el laboratorio. Me gustaría poder describirlo revisando los viejos negativos inéditos y positivando el blanco y negro, que es como recuperar el pasado. Muestra el desasosiego en el análisis, el gozo en el hallazgo y la destreza en el manejo de los 50x60, su tamaño preferido para las ampliaciones. Con la memoria intacta, todo parece reciente, como si los personajes estuvieran vivos. Hay un halo de sorpresa infantil y de emoción madura. Meterse en el cuarto oscuro es la mejor terapia para olvidarse de todos sus males, los reales y los imaginarios. El escritor Juan Cruz cita en El País una frase de Bachir Zuhdi, director del Museo Arqueológico de Damasco: "El trabajo no es un castigo, el trabajo es el goce que nos ha dado Dios para que no nos enloquezca el paso del tiempo". Al leerla pensé en Forcano, con tantas angustias existenciales, que sufre, que duda, que teme, que le asusta lo deconocido y, sobre todo, la muerte. En esas horas bajas es hipersensible y vulnerable, pero en verdad tienen una mala salud de hierro.

En cambio, también goza de la soledad con plena placidez. Tras su actividad incansable y hasta frenética, su ir y venir, se "retira" como un eremita a la vida contemplativa. Mirar en silencio a la gente es su placer secreto y puede aislarse haya quien haya alrededor. Piensa, reflexiona, medita. No oye, no ve, levita. Podría decir con Antonio Machado "converso con el hombre que siempre va conmigo...". Superado el "letargo", su sentido del humor rompe con el encantamiento; ríe divertido y hasta recita en tono jocoso a Lope de Vega: "A mis soledades voy, de mis soledades vengo..." "En realidad a mí también me bastan mis pensamientos".

Vista ahora globalmente su etapa en blanco y negro, me sorprende que en tan corto espacio de tiempo –años sesenta–, y no a plena dedicación, pudiera realizar una obra tan copiosa y tan sugestiva. Fue una actividad intensa y vehemente. "La calle, la vida, es ya en sí un espectáculo", ha dicho más de una vez. Aquello fue para él una experiencia fotográfica, pero también vital, porque cambió su rumbo en muchos sentidos. "Lo que más me interesa es la gente", suele decir, es el universo mágico de los seres anónimos, cual si del gran teatro del mundo se tratara. Gentes espontáneas, desbordantes de ganas de vivir, como señala Javier Pérez Andújar en un artículo en El País (3 de febrero de 2004) "...una mujer con delantal a cuadros que sonríe porque lleva el pan a su casa en un tiempo en que la felicidad consistió en comer a diario". Forcano se implica, se aproxima con respeto y ternura a los sin voz y los eleva a la categoría de protagonistas. Hasta a los más humildes, que van y vienen por necesidad o por inercia, que apenas saben nada y que sólo la resignación inculcada desde siempre les ayuda a sobrevivir. A veces sonríen, pero no por la alegre aceptación de la pobreza como Francisco de Asís, sino porque la sumisión es su segunda piel. ¿Cómo no comprender a Marcel Camus cuando afirma: "No aprendí el socialismo de Marx sino de la vida"?

Era aquélla una época deprimida, confusa, muy marcada política y socialmente, que describe Serrat en sus canciones y que refleja Forcano en sus fotografías. Era un tiempo de pobrezas vergonzantes y dignas, de limitaciones, de fatalismos y de represiones. Tiempo en que el ingenio ayudaba a "buscarse la vida" y en el que más de uno reinvetaba la picaresca. Y la mayoría optaban por ser pacientes y confiar en la ayuda de Dios o esperar a que les tocase la lotería o el cupón de la ONCE. Tiempo de guardar las formas y mantener las apariencias y en el que los reglamentarios uniformes –traje, corbata y gorra– daban a los taxistas, barrenderos, basureros, carteros y ordenanzas, un aire de aritificiosa distinción.

La religión reinante, que impregnaba totalmente tanto la vida privada como la pública, fue observada en todos sus matices y captada con agudeza y realismos, desde las prácticas devotas de los fieles hasta la rica ostentación y el triunfalismo de los rituales. La amplia colección de fotografías sobre el tema supone un valioso documento testimonial de lo que fue el nacionalcatolicismo como poder de influencia y de dominio.

Los niños, tras su fresca espontaneidad, sugieren algo más. Lo que trasciende de su vida y de su entorno y que con emoción percibe el fotógrafo. Niños felices en domingo de Ramos, en el día de la primera comunión, saltando a la comba, jugando... y ese niño "rockero" con su sueño y su guitarra de juguete al hombro. Niños bajo la poética luz cenital de la estrecha calle de Els Ocells casi inactivos, como "pájaros sin alas". Y sus niños gitanos, bellos y pobres, inocentes "cantando por bulerías" o con miradas profundas e implorantes, que sobrecogen. Hay mucha ternura en la proximidad de Forcano. Como ante el niño de la plaza Reial, donde con un prodigio de sensibilidad nos sitúa otra vez ante la gran pregunta sin respuesta sobre el porqué del sufrimiento de los niños, del sufrimiento de los inocentes.

Tiene, por otro lado, un innato sentido de la estética, de la luz y de la belleza, pero incluso cuando la obra se sustenta en estas bases, nunca el ejercicio es trivial o gratuito. Hay siempre un ir más allá, un trasfondo que mostrar o un sentimiento propio que transmitir. José M. Casademont escribe sobre Fosa común: "Una fotografía impresionante. Es posible que positivada de un modo normal siguiera teniendo impacto e interés. Pero Forcano no se ha conformado con esto y nos ha ofrecido una de las visiones más complejas y completas de la fotografía formal de los últimos años." (Arte Fotográfico, número 148, abril de 1964.)

Los edificios le interesan siempre que tengan connotaciones humanas. Observa balcones y ventanas, que es por donde asoma la vida interior. Se inician en Guadalajara (1963) cuando, paseando, descubre que hay una boda y, osado e impulsvo, penetra en la casa y ruega a la desconocida "novia alcarreña" que salga al balcón para fotografiarla. Luego vendrán otros balcones abiertos a la luz mediterránea, con gentes curiosas u ociosas, con ropa tendida al viento, con endomingadas "muchachas en flor", con niños, con familias enteras mirando el espectáculo de las fiestas mayores. Pero también con un hombre solitario que gesticula y bebe y ríe con esa alegría de doble filo que provoca la embriaguez (calle Conde del Asalto, Barrio Chino). Y ventanas, tan diferentes y tan descriptivas, exuberantes de flores y follaje, melancólicas como esa de "pobreza franciscana" de la Barceloneta, en la que con un hilo de aliento sobrevive un geranio. Y vemos "mujeres ventaneras", como las llamaba Carmen Martín Gaite, que ella observaba desde dentro y Eugeni Forcano desde fuera, coincidiendo los dos a un tiempo –sin ellos saberlo– en una problemática antigua de sometimiento, agravada aquí por la penuria, que es otro motivo de marginación. La ventana es para ellas un respiro y poco más; las jaulas con pájaros cautivos son todo un simbolismo.

Quizá sorprenda que quien ha captado con emoción el drama inherente a la condición humana y la cruda desigualdad social aporte otras imágenes con un gratificante sentido del humor. Pero también es la calle el escenario de situaciones jocosas, porque las gentes inocentes se expresan en ella tal como son. El norteamericano George Tice asegura que "sólo se puede ver lo que se está dispuesto a ver, lo que la mente refleja en ese momento especial". Y Forcano tiene también en ocasiones, y por añadidura, la condición de hombre irónico, con fino poder de captación de lo inusual y chocante. El paisaje urbano y sus diversos elementos sirven de escenografía o de contrapunto, con todos los equívocos posibles y todas las paradojas –atención a los rótulos–, a la presencia casual de los personajes. Vean Espérame en la luna, Haciéndose el hombrecito, Golpe de viento, Pata que quiere tocar pierna... Es el azar que se refleja en el ojo del fotógrafo.

Esa ironía responde muy bien a su personalidad, aunque no se perciba en un primer momento. Quizá sean su educación, su timidez y su prudencia lo que marca un distanciamiento al principio, pero en la intimidad, con la familia y los amigos, es tremendamente divertido y se ríe de sí mismo que es la más saludable de las risas.

Es un gozo oír cómo narra en tono jovial cosas de su vida. Él quería estudiar piano per fue inducido a estudiar violín en el conservatorio del Liceo. Su profesor –amigo de su padre– el catedrático de Historia y Estética de la Música Enic Roig, conversando don Eugeni –17 años– le preguntó sobre sus gustos musicales. Entre inefable y respondón contestó: "A mí me gusta Antonio Machín". Fue como ver estallar la bomba de Hiroshima. El eminente maestro clamaba su frustración y su fracaso, asombrado. En realidad, además de Mozart, a Forcano también le gustaban los boleros.

Su vida de reportero ha sido bastante accidentada, temerario y todo empuje. Apurando el encuadre y el foco –no usaba tele– cayó desde el borde hasta el fondo del estanque de la plaza del Duque de Medinaceli, pero con el instinto de levantar el brazo para salvar la Rollei. Suerte tuvo de un basurero que pasaba con su carro y lo sacó del agua. Y otra vez, por mirar de frente, metió el pie en una trampilla rota del agua, en la acera de la calle Conde del Asalto, con gran alboroto general porque Forcano quedó aprisionado; hasta acudió la policía armada, que tenía allí la comisaría. Después de muchos intentos por liberarle, una sencilla mujer sugirió: "Hay que desabrochar el cordón del zapato". La sabiduría del pueblo. Y todo acabó en un instante.

Y el caso más inusitado. Debía hacer unas fotos para Destino en la catedral y fue a la sacristía para ver al canónigo Dr. Prat, con el que ya había hablado. Pero no estaba, y un sacerdote, al verle, le preguntó; "¿En qué altar quiere decir misa?" Forcano quería hablar pero el cura insistía: "Elija usted mismo el altar, el que quiera". Al fin pudo decir por qué estaba allí. !Ah! ¿Fotos? !Ni hablar!" Eugeni iba vestido de negro y podía cantar misa sin ser cura, pero no podía hacer fotos siendo fotógrafo. Cuando llegó el canónigo se aclaró la situación.

Llegado a este punto, y al final de este recorrido apasionante por la vida y por la obra de Eugeni Forcano, pienso otra vez en Jorge Rueda, que en el número 44 de Nueva Lente (octubre de 1975) escribió: "... es uno de los fotógrafo más indivisiblemente unidos a su obra y más inevitablemente proyectados en ella que he conocido". Desde Madrid, Forcano siempre fue visto con admiración y afecto. Está patente la conjunción mirada–sentimiento. Vida y obra en perfecta simbiosis. Pero hay algo más, pues el fotógrafo, que está solo con su corazon y con su cámar a la hora de la verdad, quiere evitar que el círculo se cierre. Eugeni Forcano me ha confesado alguna vez: "Yo necesito conectar con los demás a través de mis fotografías; sentir que en cierto modo viven mi propia emoción".
      There is always a starting-point, a casual event that may determine the path we take. Something that moulds us internally and prepares us like land ploughed ready for sowing. Something accidental that we only discover much later.

In Calle Prat de la Riba, a street in the sea side town of Canet de Mar, there was a photographer by the name of Manuel Paratge, one of those magnificent studio portrait artists. As a child, Eugeni Forcano would stop outside the photographer's shop window every day, enraptured by what to him was a mystery. Paratge had taken his parents' wedding photos and had later done a portrait of the young Forcano with his mother. Though he was unaware at the time, the boy was deeply fascinated by the images he saw. He didn't feel the tug of an early vocation, nor did he even dream of becoming a photographer in the future. His life was a tabula rasa framed by family life: good customs, religious devotion, culture, theatre, poetry, music...

But one day, as if in a game, he decided to photograph his friends with the tiny family camera. and the fuse was lit. Later, as a restless adolescent,he decided to try to capture everything around him, the festive and sentimental atmosphere, the processions, the caramelles, or roaming groups of singers. He now finds it amusing to recall those rudimentary, amateur beginnings, and he laughs heartily at himself. "I knew nothing. I understood nothing. I was just keen and in a hurry". He locked him self into the improvised "dark room" he had made for himself in a tiny garden room hut, and showed two very different degrees of care and attention in the stages required to produce a good photo: he revealed the film and dried it with alcohol in order to produce the positive immediately. This was the magic moment, when he was on cloud nine. The images emerged in the tank as if by miracle and, euphoric, he hardly paid any attention to the rest of the process. So eager was he to take his photos to the Catholic Centre and exhibit them on panels, however he forgot about the time needed for fixing and washing. we can imagine the end result. "How could I be so foolish?". We have talked about this incident very often, and we are both convinced that that "disaster", as he terms it, brought into being this constantly self-demanding nature, his perfectionism, his painstaking development of positives and his neat, tidy habits.

Time passed, and his love for photography flourished strongly. In 1949 he became a member of the Photographic Association of Catalonia, the national Mecca in the field. A coincidence: that same year, Manuel Paratge left Canet de Mar to establish himself as a photographer in Uruguay.

Activity at the Association was frantic. Dr. Otto Steiner's exhibition "Subjective Photography" was staged after causing furore all over Europe. Forcano met Dr. Pla Janini, Salvador Lluch (founder of the Association), Francisco de P. Ponti and José M. Casademont, an influence theorist with whom he became friends. But Forcano was his own man, and did not accept the directives and aesthetic tastes of others. He was also restless and impetuous. He finally dropped out of the Association for a long time, returning only in 1959.

Someone with whom Forcano did enjoy lasting good relations was with José M. Marca, an active member who created the "Photographic Pages" in El Noticiero Universal, the first serious incursion by photography into the daily press. Xavier Miserachs told me that it was Marca who taught him to develop positives in an old horizontal enlarger at the Association, and it was Marca, too, who discovered Joan Fontcuberta there. When I was 17 years old, Marca introduced me to Fontcuberta so that I could interview him.

After seeing some of his photos, Marca urged Forcano to enter competitions through the Association, which provided information and collective delivery services for entries. It would be good to get other people's opinion, he thought, and he entered the world of the image like a whirlwind. Destino took him on in 1960, and he won prizes both in Spain and abroad. He was awarded the Ibérico de Vigo prize in 1961 and 1962, when Ricard Terré was a member of the jury, and the Guadalajara prize in 1962, with Gabriel Cualladó and Paco Gómez amongst the jury members. In 1963 he won the City of Barcelona Prize.

When people ask Eugeni Forcano how old he was when he became a photographer, he says when he was 34 years old, which is when he became aware of what he was. This was when Josep Vergés and Néstor Luján, editor and director of Destino, respectively, commissioned him to provide cover photos for the magazine. Once his vocation had crystallised, everything became firmer and clearer. His lack of experience was more of an advantage than a disadvantage, because it gave him a new, penetrating, passionate and ironic gaze. respected and valued, he was given complete freedom. Destino was a spur to him, a platform that launched him off into world of adventure. Barcelona was his first theatre of operation.

But this story takes unexpected twists and turns. The fame he acquired thanks to his covers for what was Spain's foremost magazine reached the world of advertising, and he began to receive calls and commissions. though surprised, he did not hesitate. He had never in his life taken a colour photo, but no one else knew this. He took up the challenge and positioned himself amongst the best. Completely self-taught, obstinate and determined, he prepared himself, read up on his subject, bought the necessary equipment, put his passion and his time- he did not even stop to sleep- into overcoming obstacles, bringing all his imaginative capacity to bear.

His first job was for Roldós in 1962, when he was commissioned to produce a campaign for Cavas Freixenet. This was followed by Dupont of Switzerland, Seix Barral, Pulligan, Warner's, Myrurgia... José M. Riba, director of TILSA, a León-based fashion enterprise, commissioned him as the photographer on several advertising campaigns, and the resulting catalogues still seem innovative. He worked, too, for Belcor, Sati, Ficosa Internacional, Laboratorios Dr. Esteve, Catalana de Seguros... In fashion and illustration, Forcano eschewed mimicry, injecting a subtle contribution from his reporter roots into his work, enlivening scenes and idealising the static. He was a member of the artistic team at Don, a different, creative, transgressive magazine, which aroused interest even in the international media. Praising Forcano's photography, Gebrauchsgraphik International cited Godard and Fellini (1966) by way of comparison.

His studio gradually became filled with extravagant- crazy, in his own words- objects purchased at Els Encants market and antique shops, becoming a kind of Aladdin's cave which amazed models, clients and friends alike. For years, he combined his cover photo work with new commissions. He also produced two for Destino: a guide, Guía de Barcelona, with Carles Soldevila, and a book on Catalan local festivities, Festa Major, with J. M. Espinàs. And reports, two of them also later turned into books. Josep Pla vist per Eugeni Forcano (Josep Pla seen by Eugeni Forcano) and Banyoles en dia de mercat, 1966 (Banyoles on market day, 1966). Work snowballed to the point where, overwhelmed, he turned down a new book on Barcelona. Colour now became his habitual language, broadening his field of vision. It provided another way of seeing the landscape, things, people... he always travelled with his cameras, and how many times must he have dropped everything and stopped, even on the roads side, to take photos? For Forcano, capturing whatever attracted him was a necessity. He retained and assimilated what we might call fleeting and dazzling ocular experiences. As a divertimento, but also as a reflective emotional act, he played with images and ideas to create a surreal and symbolic world. It is as if he brought together and mastered the disperse, harmonising and organising it to give it meaning, somewhere between dream and reality, between rebellion and utopia.

And one fine day, on the strength of what they had seen in the magazine Don, the international jewelers Vila and Cía. commissioned Forcano to produce something new, original and different. They trusted in his talent. This is a new departure, a great challenge. The image he produced gave him a glimpse of the mystery, and he decided to unravel it. Day after day, year after year- stealing time from sleep and leisure- he devoted him self to investigating the possibilities of colour photography, which he believed to be infinite, provoking chance through light. And his work stands as evidence that he achieved this. In Aquí Imagen (issue 12, 1986) Jorge Rueda wrote: "I look at you in amazement, Eugeni, you are so clever that you have, at last, managed to photograph sighs. That is your good fortune, and mine is to see it." How Baudelaire's visions erred when he declared that: "Photography is like a mechanical intruder in the world of art." All his genius was insufficient to enable him to see what would happen in the future.

It is clear that Eugeni Forcano was no one-string photographer, one of those that choose a language and become specialised in it. I have always admired his versatility and the passion he put into everything he did. Now, when age permitted him to rest, his mind stayed as active as his body, and he returned to the laboratory once more. I should love to be able to describe him as he inspected his old, unprinted negatives and produced positives of his black and white images as if reclaiming the past. He was restless in his searching, joyful in discovery and masterful in his handling of the 50x60 format, his favorite size for enlargements. With his memory intact, everything seemed recent, as if his characters still lived. There was a halo of childish surprise and mature emotion. Entering the dark room is the best therapy for forgetting troubles, both real and imaginary. In El País newspaper, the writer Juan Cruz cites Bachir Zuhdi, director of the Archeological Museum of Damascus: "Work is not a punishment, work is the joy that God has given us so that we do not go mad with the passing time Damascus: "Work is not a punishment, work is the joy God has given us so that we do not go mad with the passing time." On reading these words, I thought of Forcano and his existential anguish, for he suffered and no doubt feared, was frightened of, the unknown and, above all, death. During these low times he was hypersensitive and vulnerable, but the truth is he was blessed with and ill health of iron.

On the other hand, he also enjoyed solitude in complete peace of mind. After his tireless, almost frantic activity, all his comings and goings, he "retired" like a hermit to a life of contemplation. watching people silently was his secret pleasure, and he was able to isolate himself from those around him. He thought, reflected, meditated. He did not hear, see; he levitated. I can well say, with Antonio Machado, that I conversed "with a man who always goes with me...". Once he overcome his "lethargy", his sense of humour broke my solitudes he spell, and he would laugh happily, even humorously quoting Lope de Vega: "To my solitudes I go, from my solitudes I come..." "The truth is, my thoughts are enough for me too."

Looking now at his black and white period as a whole, I am surprised at how, in such a short time- the 1960s- not even working full-time, he was able to accumulate such a large, impressive body of work. His worked intensely, vehemently: "The street, life, is a spectacle in itself," he said to me more than once. All that was a photographic experience, because it changed the course of his life in many ways. "What I am most interested in is people", he would say of the magical universe of anonymous beings, the great theatre of the world . Spontaneous people, overflowing with joie de vivre, as Javier Pérez Andújar wrote in an article for El País (3 February 2004): "... a woman wearing a checked apron smiling because she is taking bread home in times when happiness was to eat every day". Forcano got involved, he approached those whose voices are never heard with respect and tenderness, elevating them to the category of leading characters. Even the most humble of the humble those who come and go out of necessity or inertia, who are allowed to know practically nothing and who can survive thanks only to the resignation drummed into them since time immemorial. Sometimes they smile, but not out of St Francis of Assisi's joyful acceptance of poverty, but because submission is second nature to them. How can we fail to understand Marcel Camus when he affirms: "I did not learn socialism from Marx, but from life"?

These are the depressed, confused, politically and socially repressed times that Joan Manuel Serrat describes in his songs, and that Forcano reflect in his photographs. this was a period of shameful, dignified poverty, of limitations, of fatalism and of repression. A time when you needed to keep your wits about you in order to "earn a crust", and when more than one resorted to picaresque methods. But most opted for patience, trusting in God's aid or hoping to win the lottery. It was a period when people were expected to toe the line, to keep up appearances and when the "regulation" uniform- suit, tie and cap- gave taxi drivers, street sweepers, dustmen, postmen and errand boys an artificial air of distinction.

The dominant religion, which impregnated private and public life alike, was observed right down to the smallest detail and it was captured sharply and realistically, from the devout practices of the faithful to the rich ostentation and triumphalism of ritual. The large collection of of photographs that exists on this subject provides valuable testimony to the power of influence and the domination exercised by "National Catholicism". Behind their fresh-faced spontaneity, children suggest something more, that which transcends their life and environment, and which the photographer, moved, perceives. Happy children on Palm Sunday, on the day of their first communion, skipping, playing... and that "rock'n'roll" child with his dream and his toy guitar over his shoulder. Children under the poetic zenithal light of narrow Carrer dels Ocells, almost inactive, like "birds without wings". And his Gipsy children, beautiful and poor, innocent, singing "bulerías" or moving us with their deep, imploring gaze.. There is much tenderness in Forcano's proximity. As with the boy in Plaza Reial, where Forcano's prodigious sensitivity confronts us once more with the great unanswered question about which children suffer, about innocent suffering.

Forcano also has the gift of an innate aesthetic sense of beauty and light, but even when the work is base on such elements, the exercise is never gratuitous or trivial. There is always something beyond, certain undertones that Forcano wishes to hint at, or an emotion of his own he seeks to transmit. About Common Grave (Montjuïch), José M. Casademont wrote that it was: "An impressive photo. It is possible that, revealed in the normal way, it would still have impact and interest but, not content with this, Forcano offers one of the most complex and complete visions of formal photography in recent years". (Arte Fotográfico, issue 148, April 1964.)

Buildings interest him as long as they have human connotations. He observes balconies and windows, which is where the life inside looks out. This began in Guadalajara (1963) when, wandering around, he noticed a wedding and, daring and impulsive, went into the house and begged the "Bride from la Alcarria" to go out onto the balcony to pose for him. That photograph was followed by other balconies open to the Mediterranean light, populated with curious or leisurely people, with clothes hung out to dry in the wind, with "girls in flower" in their Sunday best, with whole families watching festive spectacles... But also with a solitary man, gesticulating, drinking and laughing with that double-edged euphoria caused by drunkenness (Carrer Nou de la Rambla in Barcelona's Chinatown). And windows, so different and so descriptive, lush with flowers and foliage, or melancholy with "Franciscan poverty", like the one in the Barcelona district, in which a geranium hangs onto life by the thinnest of threads. And we see his "window women", as Carmen Martín Gaite called them, and which she observed from inside and Eugeni Forcano from outside, the two coinciding –unbeknownst to them– in exploring an ancient problem of subjection, aggravated her by penury, and which is another form of exclusion. The window is, for these women, a breath of air and little more. Cages with their captive birds acquire considerable symbolic force in these images.

It may come as a surprise that someone who has captured with such emotion the drama inherent in the human condition and crude social inequality should also produce other images full of a gratifying sense of humour. But the street is also the scene of many amusing situations, because it is here that innocent people express themselves as they really are. The North American George Tice is convinced that "you can only see what you are willing to see, what the mind reflects in that especial moment". And Forcano also occasionally takes on the additional quality of irony with his finely–honed powers of capturing the unusual, the shocking. The urban landscape and the different elements that form it serve as his backdrop, of form a counterpoint, providing a full range of ambiguity and paradox –as careful examination of the shop sings shows– in the chance presence of his characters (see Wait for me on the Moon, Playing the Little Man, Gust of Wind, Chicken Leg Meets Human Leg)... It is chance that is reflected in the eye of the photographer.

This irony is very much in tune with Forcano's personality, though it may not be noticeable at first. Perhaps it is his politeness, his shyness and his prudence that create a distance at first, but in intimate surroundings, with his family and friends, he is great fun, laughing at himself in the healthiest way.

It is a joy to hear how he cheerfully recounts episode from his life. He wanted to study piano but was persuaded to study violin at the Liceo Conservatory. His teacher, Professor of Music History and Aesthetics Enric Roig, a friend of his father's, asked 17-year-old Eugeni about his musical tastes. Ina a tone somewhere between candid and cheeky, Forcano replied, "I like Antonio Machín myself". It was as if Vesuvius had erupted. Thunderstruck, the eminent professor declared his frustration and his failure. The truth is, though, that Forcano like boleros as well as Mozart.

His life as a reporter was full of incident, temerity and determination. Straining to focus and frame his shoot –he did not use a telescopic lens– he fell right into the pond in Plaza del Duque de Medinaceli, though instinct made him raise his arm to save his Rollei camera. Luckily for him, a rubbish collector came along with his cart and pulled him out of the water. And another time, looking straight ahead, his caught his foot in a broken drain in Carrer Nou de La Rambla, causing a terrible commotion, as he appeared trapped. Even the armed police turned up form their nearby station. After many attempts to free him had failed, a woman said simply: "Untie his shoestring". Village wisdom. It was all over in a second.

And the most unusual case. He had to take some photos in the Cathedral for Destino and went to the sacristy to see the canon, Dr. Prat, with whom he had already spoken. But he was not there, and a priest, seeing him, asked: "At which altar do you want to say mass?" Forcano tried to speak, but the priest insisted: "Choose the altar, any one you like". He finally managed to explain why he was there. Ah! Photos? Absolutely not!" Eugeni was dressed in black and could say mass although not a priest, but he could no take photos, even though he was a photographer. The situation was finally cleared up when the canon arrived.

Having reached this point, at the end of this exhilarating journey through the life and work of Eugeni Forcano, I think once more of what Jorge Rueda wrote in issue 44 of Nueva Lente (October 1975), describing Forcano as: "...one of the photographers most indivisibly joined to his work and most inevitably projected into it that I have known". Forcano was always seen with admiration and affection from Madrid, The conjunction of feelings and gaze is obvious. Life and work in perfect simbiosis. But there is something else, for the photographer, although at the moment of truth he may be alone with his heart and his camera, does not seek to close the circle. Eugeni Forcano once confessed to me: "I need to connect with others through my photographs; to feel that, in some way, they experience my own emotion".

 
 
     
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